¿Dulce infancia?
De puntillas, con las manos y la nariz apoyadas en el mármol del mostrador, Pedro mira embelesado los tarros de cristal alineados ante él. Tiene los ojos como platos y la boca entreabierta. Bajo la capa de polvo que enturbia el brillo del cristal, se adivinan los colores y las formas de caramelos y chucherías que parecen venir de otro mundo.
En el centro de la sala, una mosca solitaria da vueltas con desgana, tal vez buscando un lugar donde pararse a holgazanear. El sol de la tarde se cuela entre las lamas de la persiana que cubre el gran ventanal orientado al sur. La puerta, abierta de par en par, invita a entrar a la clientela, pero a esas horas no hay nadie que quiera comprar. La cortina de tiras de plástico que cubre el hueco de la entrada permanece inmóvil.
Don Julio, el tendero, atiende entre bostezos a la madre de Pedro. En una tarde como esa tendría que cerrar y ponerse a leer una de esas revistas que compra no por las fotos de mujeres ligeras de ropa, sino por los artículos tan interesantes que escriben en ella plumas de gran prestigio. Aunque mira más las fotos.
Vive en la trastienda desde hace años. Nunca se casó y acabó convirtiendo aquella tienda, que le servía de sustento, en su hogar. La tienda y él tienen el mismo aspecto ajado y sucio.
Como una letanía, el niño oye a su madre enumerar, una vez más, las miserias de su familia: lo sola que está, que nadie se preocupa por ella, que su marido no la mira, que su suegra no la respeta, que su familia no la ayuda, que nadie entiende que está muy enferma, que le duele todo, que no tiene alma para seguir, que cuánto trabajo le da su hijo, que qué ha hecho ella para merecer esa vida, que a quién se va a encomendar, que quién la va a echar de menos cuando falte, que como le toque la lotería se van a enterar, que cuánto se equivocó cuando se casó, que si pudiera volver a empezar...
Con suavidad, poco a poco, Pedro extiende su manita para tocar el tarro más cercano. Está lleno de piruletas que nunca ha probado, pero su instinto le dice que saben a las cosas buenas del paraíso.
En un rincón, las aspas de un viejo ventilador remueven el aire caliente del cuchitril y mezclan el olor de las especias con el polvo de las estanterías. Fuera, unas nubes espesas amenazan con elevar la humedad de la tarde.
Los dedos del chiquillo resiguen delicadamente la silueta de uno de los caramelos, dejando un trazo limpio en el polvo asentado sobre el tarro. Sin pretenderlo, mueve el recipiente y la tapa se desplaza un poquito. No estaba bien ajustada. Ahora deja entrever la posibilidad de coger los tesoros que guarda en su interior.
El sonido de los pasos cansinos de don Julio no ayuda a disipar la decadencia de aquella tienda de ultramarinos, donde hace años que nadie se preocupa por las estanterías ruinosas, los desconchados de las paredes ni los agujeros del suelo de cemento. Al contrario: el arrastrar de sus alpargatas raídas y su tos cargada de restos de bronquios vuelven aún más lúgubre la tarde.
Casi sin querer, casi sin determinación, Pedro introduce la punta de los dedos en el tarro y remueve la capa superior de piruletas. El plástico sisea al rozarse los envoltorios. Con el pulgar regordete y el índice, en el que destaca un padrastro con sangre reseca, aprisiona el palito de una de ellas y da unos golpecitos a las otras del bote.
La madre sigue con su retahíla de sueños rotos y confidencias de alcoba. Don Julio se rasca la papada con fastidio. Harto de la clienta, deseando que se vaya y lo deje morir en paz, le pregunta si ya tiene todo lo que venía a buscar. Coge el lápiz que lleva sujeto sobre la oreja mugrienta y, en un pedazo de papel de estraza, suma con rapidez lo que se llevará aquella pesada. La suma no le sale muy bien; al parecer se equivoca al alza, pero ya le va bien a él y a ella no parece importarle, ocupada todavía en explicar la mala boda que tuvo por culpa de la arpía de su cuñada.
El niño tiene bien cogida una piruleta, pero no sabe qué hacer. Su madre no se la querrá comprar y el dueño de la tienda no se la regalará. Ahora ya no son dos deditos los que la sostienen, sino el puño entero, cerrado alrededor del objeto de su deseo. Las orejas se le han puesto rojas, debe de ser por el calor. Tiene un nudo en la garganta, debe de ser por el polvo. Tiene la boca hecha agua, debe de ser por imaginar el sabor de aquella piruleta.
Con un movimiento tan suave que resulta casi imperceptible, consigue sacar del tarro una porción de gloria. Qué bonita es. Qué color rosa tan oscuro tiene, casi rojo sangre.
La mosca, cansada ya, hace rato que se ha posado sobre la caja de magdalenas que domina aquel extremo del mostrador. No ha dejado de mirarlo ni un solo instante. Disimula limpiándose los ojos con las patas, pero ha seguido atentamente, con algo de envidia, los movimientos de aquel humano pequeñito.
La madre de Pedro rebusca en el monedero el importe de la compra, pero no encuentra el dinero. Debe de ser culpa de no llevar gafas. De lejos ve perfectamente, pero de cerca tiene que esforzarse. En cambio, lo que no le supone ningún esfuerzo es seguir con su perorata y sus descalificaciones familiares. El pobre don Julio la empujaría fuera de la tienda si pudiera, pero vive del beneficio de sus productos y sabe que no debe eliminar clientes con el cuchillo jamonero, aunque se lo merezcan.
Con un gesto rapidísimo, ahora sí imperceptible incluso para la mosca, Pedro introduce la presa en el bolsillo derecho de su pantalón. Aprieta fuerte el palo para asegurarse de que la tiene, de que es suya. El corazón está a punto de salírsele por la boca. Mira de reojo para comprobar que nadie en el universo ha sido testigo de lo que acaba de hacer.
De repente, un relámpago y un trueno ensordecedor anuncian la tormenta. A Pedro se le congela la sangre. Para él es el sonido de los timbales que preceden a las trompetas del día del juicio final. Le falta el aliento y sus piernas regordetas tiemblan, incapaces de soportar el peso del cuerpo. La situación empeora cuando, en ese mismo instante, oye a su madre gritar:
-¡Mal nacido!
La madre de Pedro se ha dado cuenta de que falta dinero en su monedero.
-¡Mal nacido! -vuelve a gritar, refiriéndose a su marido.
Seguro que ha sido él quien se lo ha cogido sin decirle nada. Seguro que se lo está gastando en la máquina del bar mientras se toma un carajillo. Seguro que se está riendo de ella, pensando que cuando no lo encuentre dirá que es un mal nacido.
A la madre de Pedro el grito le ha salido del alma, pero al pobre Pedro lo ha descompuesto. Literalmente. Pedro no tiene un control muy estable de sus esfínteres y, en casos de estrés, no aguanta como es debido, según dice su pediatra.
Se ha cagado.
Ahora Pedro no sabe qué hacer. Con la mano izquierda se estira el pantalón hacia arriba, mientras la derecha permanece hundida en el bolsillo, atenazando con mucha fuerza el palo de su piruleta. De la piruleta que ha robado. Es consciente de que es un pecador. “Solo roban los ladrones. Eso es pecado”, le han dicho más de una vez, sobre todo la señora Asunción, la de la catequesis, la que le hace las faenas al señor cura y vive en su casa. Ella sabe lo que es pecado y lo que está bien o mal.
Ante los ojos del tendero, la madre de Pedro parece encogerse y empieza a balbucear disculpas. No quiere parecer pobre, aunque lo es. Quiere que el tendero la siga respetando como hasta ahora. Ella tiene dignidad y saber estar, y le gusta que se lo reconozcan. Se ha ganado a pulso su reputación, no como otras del pueblo, de esa misma calle incluso, que, si ella hablara, tendrían que quedarse en casa avergonzadas. Ella no es de difamar, pero si quisiera pondría a más de una en su sitio.
Pedro sigue quieto, expectante. Parece que la ira de los dioses se ha aplacado y ya no se oyen truenos ni gritos, pero eso no lo tranquiliza. Nota como el emplasto húmedo y maloliente de sus calzoncillos empieza a traspasar la ropa, mientras un reguero de materia fecal se desliza piernas abajo. No se atreve a moverse. Está agobiado por la textura pegajosa de la caca que, según piensa, le debe de llegar hasta la cintura.
La atenta mosca no ha perdido detalle y su fino olfato le indica que ha llegado la hora de merendar. Levanta el vuelo casi relamiéndose y se dirige hacia el niño, posándose encima del bulto que crea la mano derecha de Pedro en el pantalón. Quizá por miedo a que la mosca se apodere de la piruleta, Pedro hace un gesto brusco con la cintura para espantarla, pero lo único que consigue es remover las heces que blandamente se mecen en el fondo de sus calzoncillos.
La madre, agobiada por no encontrar el dinero, decide que es el momento de marcharse. Le dice a don Julio que, sintiéndolo mucho, no puede pagar la compra y que volverá mañana. El tendero, que ya había superado hacía rato su límite de presión arterial, estalla. Le dice que ya está harto, que lleva toda la tarde esperando que le compre cien gramos de jamón de pavo en lonchas y tres huevos, que ha tenido que aguantar otra vez sus historias de siempre y que, encima, va a llover.
La madre de Pedro, al borde de la indignación, le recrimina su actitud y llama al niño:
-Pedrito, nos vamos. No puedo estar ni un minuto más aquí.
Pero Pedrito no se mueve. No tiene capacidad ni para espantar a esa mosca pesada que sigue posada sobre él. A estas alturas, el olor en la tienda es insoportable. El viejo ventilador se ha encargado de dispersar el hedor por todas partes.
Don Julio, que no oye bien pero disfruta de un perfecto sentido del olfato, levanta la nariz para cerciorarse de que aquel olor acre y dulzón es lo que cree. No puede venir de la calle. La fuente debe de estar dentro. Como un águila que fija la mirada sobre su presa, se queda mirando al hijo de la clienta, cuyo nombre ni siquiera sabe aunque lo ha visto varias veces escondido entre las faldas de su madre. Sin dudarlo, lo señala con el dedo y dice:
-¡Ese niño asqueroso se ha cagado! ¡Lo que me faltaba hoy!
La madre de Pedro, que no tiene un olfato muy fino pero de lejos ve perfectamente, descubre que por debajo de la pernera del pantalón de su hijo surge un puré marrón que empieza a encharcar el suelo. Asqueada, pero plenamente consciente de la tragedia, se acerca a Pedrito, lo coge por debajo de la axila izquierda y lo arranca literalmente del suelo.
-No sé si volveré -dice muy digna, apartando la cortina de tiras de plástico y cruzando veloz el dintel.
-No hace falta que vuelva -se oye detrás la voz encolerizada del tendero.
Caminando a trompicones, mientras su madre maldice el momento en que lo parió y le reprocha lo mucho que se parece a la ramera de su abuela y al borracho de su padre, Pedrito apunta una sonrisa en la comisura de los labios. Mantiene los dedos hechos garfios alrededor de su tesoro. No le importa la caca que le resbala piernas abajo y ya le empapa hasta la camisa. No le importa la lluvia que arrecia contra ellos camino de casa. No le importan las palabras despiadadas de su madre, a las que ya está acostumbrado.
Pedro paladea su triunfo pensando en la piruleta. El brillo de sus ojos deja ver un instante de felicidad infantil. Nadie le ha reprochado su comportamiento delictivo. Nadie se ha dado cuenta del robo. Solo él sabe lo sucedido y no piensa decírselo a nadie nunca.
Ahora, en su cabeza, solo tiene una preocupación:
¿Qué sabor tendrá su tesoro?