Mi caballito de cartón
Estoy parado ante un semáforo a la entrada de la ciudad, esperando que me dé paso. Al lado de la carretera hay un descampado y he visto a un niño que no tendría más de cuatro años, cinco a lo sumo. Sus ropas hablan de carencias, de pobreza. Detrás de él hay unas chabolas y unas mujeres, sentadas con desgana en sillas de playa ajadas, lo miran con cariño mientras fuman despreocupadas.
El niño, sentado sobre una pila de viejos tablones, miraba con media sonrisa a quienes esperábamos en nuestros vehículos y nos saludaba con su manita, buscando que le devolviéramos el saludo. Yo lo he hecho y se ha puesto muy contento. Ha ido corriendo hacia una de aquellas mujeres, dando saltitos de alegría.
Desde la distancia que nos separaba, en el espacio y en el tiempo, he visto en él un reflejo de mi infancia. Ese recuerdo me ha causado un desasosiego interior y ha removido algo profundo en mí, algo que creía olvidado.
De vuelta a casa he seguido con la vista una nube que se deslizaba hacia el sur. Su forma me ha recordado mi viejo caballo de cartón.
Mi caballito de cartón...
Cuántos recuerdos me trae. Cuántas aventuras vivimos mi caballito y yo en el pequeño salón de la casa de mis padres. Infinidad de carreras desde mi habitación hasta la cocina, mientras unos facinerosos imaginarios nos perseguían. Cuántos paseos por las calles haciendo cabriolas y marcando el paso. Mi caballo y yo éramos la envidia de todos los niños de mi pequeño pueblo, donde todos vivíamos la misma pobreza. En la inocencia de la infancia, todos éramos felices.
Cómo quería a aquel caballito. Era mi juguete preferido. Hasta que lo olvidé.
El tiempo nos distanció. El caballito se quedó en un rincón, mirándome triste con su ojo pintado, viendo en silencio como yo crecía y me alejaba. Se transformó en un viejo juguete, en un trasto más. Yo dejé la apariencia de niño, me fui haciendo adulto y mi mundo de fantasía se hundió en el tiempo. Sin embargo, seguía llevando dentro a aquel niño.
He llegado a casa, he puesto mi música favorita y me he dado una buena ducha. La casa, ordenada y limpia como siempre gracias a mis empleados de limpieza, hoy me parece especialmente impersonal. Me he preparado una cena frugal y, ante el ordenador, me he puesto a consultar los últimos correos del día. Es el descanso merecido después de una dura jornada: oficina, proyectos, viaje relámpago a Barcelona, comida de negocios y de nuevo en la oficina para más reuniones. Llego a casa en la oscuridad de la noche buscando descanso.
Pero algo hace diferente esta noche. La imagen del niño del descampado no me abandona. Su sonrisa y su saludo inocente reavivan en mi interior el rescoldo de mi infancia. La imagen de mi caballito de cartón, convertido en un trasto inservible y abandonado en el rincón de mi habitación infantil, ha surgido del fondo de mis recuerdos.
Hoy cumplo cincuenta y seis años. Nadie me ha felicitado. No ha habido pastel con velas. No he recibido ni un solo abrazo.
No tengo familia, ni pareja, ni he sabido cultivar amistades de verdad.
He dedicado lo mejor de mi vida a la empresa, poniendo el alma en grandes proyectos que hicieran crecer el negocio y generaran más beneficios, pensando que eso me haría feliz. Nunca he querido relacionarme con mis compañeros más allá del trato frío y profesional que consideraba correcto. He desconfiado siempre de los demás. En el mundo de la empresa no hay amistad, solo intereses.
La soledad se abre paso en mi interior y me golpea con fuerza.
Debo cambiar. Se lo debo al niño que fui.
Un pensamiento luminoso se abre paso en mí y veo con claridad radical que he estado equivocado hasta hoy. Acabo de tomar una decisión que hacía tiempo que tenía clara sin saberlo: mañana dejaré mi trabajo.
Volveré a mi viejo pueblo. Volveré a la casa donde crecí y que cerré hace más de doce años, después de la muerte de mis padres. Entre aquellas paredes desvencijadas recuperaré los recuerdos del niño que fui.
Espero oír los ecos de la voz ronca de mi padre cuando, antes de dormir, me explicaba historias fantásticas en las que yo era el protagonista y, creyendo que yo ya estaba dormido, me besaba suavemente y apagaba la luz. Yo me dormía notando todavía el roce de sus labios en mi sien.
Añoro las palabras de amor de mi madre. Me gustaría ver de nuevo su sonrisa y sentir su fuerza. Quisiera volver a disfrutar del olor de las comidas, de la fragancia de lavanda que salía de las sábanas. Me gustaría que volviera a leerme, una vez más, mis cuentos favoritos, sentada en su mecedora a la luz del hogar. Daría cualquier cosa por notar nuevamente la calidez de los abrazos y la sensación de estar protegido y querido. Sentir de nuevo los cuerpos de mis padres abrazándome entre risas y besos, cuando yo era feliz y estaba a salvo.
Quiero volver a cabalgar a lomos de mi caballito, ganar todas las batallas y salvar a todas las princesas, si hace falta.
Pero esta vez no me quedaré con él.
Lo limpiaré bien, lo envolveré con papel de colores y se lo regalaré a aquel niño del descampado. Serán buenos amigos y jugarán juntos. El caballito le será fiel, igual que lo fue conmigo, y se convertirá en su mejor aliado en las más increíbles batallas.
Al menos hasta que aquel niño se haga mayor... y se olvide.