Mirando hacia atrás
En su recuerdo, él pedaleaba con una cadencia rápida. Pisaba los pedales con fuerza, de pie sobre la bicicleta, balanceando el cuerpo: ahora a la derecha, ahora a la izquierda. Uno, dos. Uno, dos. Erguido sobre el manillar, al que se asía con fuerza, se sentía el rey del mundo. Atravesaba el aire, que le golpeaba en la cara y se enredaba en su pelo. La vida le corría por todos los poros. Si la felicidad tenía una imagen, para Javier era esa: su bicicleta a toda velocidad y su cuerpo derrochando energía.
Los árboles que bordeaban el camino lo cubrían con su sombra y lo protegían de los rayos más calurosos del sol. La carraca de las cigarras y algún piar esporádico de pequeños pájaros parecían jalearlo en su solitaria carrera.
Canturreaba entre los labios su canción preferida. Era la canción de moda y, aunque no entendía ni una sola palabra, le daba igual. La tarareaba en la ducha, de camino al instituto, en la cola del supermercado o mientras hacía los deberes. Sabía que era de un grupo moderno, de esos que salían en las películas y en el No-Do. Habían venido a España hacía poco. Suponía que eran ingleses, aunque no estaba muy seguro. A veces la radio decía que eran de Liverpool y otras veces que eran de Gran Bretaña. Lo seguro es que eran extranjeros. La canción empezaba diciendo: “In the town where I was born...”. Y en el estribillo cantaba: “We all live in a yellow submarine...”.
Veloz como una centella, atravesó la finca de su amigo José Antonio. Sabía que tenía que ir con cuidado con las vacas. Aunque casi siempre estaban en el prado, a veces se sentaban bajo la gran higuera que daba sombra al recodo del camino. Alguna vez había tenido que esquivar con pericia el corpachón de alguna vaca amable y perezosa, que lo miraba acercarse sin hacer gesto alguno de apartarse.
Al llegar al camino que rodeaba la vieja balsa de la finca, redujo la velocidad. La balsa tenía una pequeña fisura y siempre se escapaba algo de agua, lo suficiente para convertir aquel tramo en un lodazal. Con el calor del verano, un buen número de avispas encontraba allí remedio a su sed.
Detuvo la marcha y dejó la bicicleta bajo la gran morera, cuya sombra alcanzaba buena parte de la balsa. Aquel era su lugar preferido en verano. Iba a menudo para darse un baño rápido y refrescarse.
Un chapoteo procedente del interior de la balsa y una risa cantarina, que no formaban parte del paisaje sonoro que él conocía, llamaron su atención. Se acercó con prudencia al muro exterior, de más de metro y medio de altura y protegido por cañas. Escuchó de nuevo. Esta vez distinguió otros ruidos de agua y una voz femenina que cantaba una canción popular. Era la voz más agradable que había oído en su vida.
Embelesado por aquella voz juvenil, se asomó al borde de la balsa y la vio. Estaba de espaldas a él. Pudo admirar su largo cabello negro, brillante y mojado, y sus hombros bien dibujados, con la piel reluciente y bronceada. Cuando ella se giró, alertada por la presencia de alguien, Javier descubrió la cara más bonita que había visto nunca: unos ojos inmensos, unos labios carnosos, una nariz perfecta. Su reacción fue inmediata: se le desencajó la mandíbula, abrió los ojos, abrió la boca y aspiró aire. Nada más. Así se quedó.
Recuperada de la sorpresa inicial, la muchacha hizo un gracioso mohín al ver la cara de aquel joven. Estaba acostumbrada a que los chicos la mirasen, pero el gesto de admiración de ese desconocido le gustó. Viendo que no reaccionaba, le preguntó:
-¿No habías visto antes a nadie bañarse en una balsa? -dijo, ladeando la cabeza.
-Mmmm... S... sí, claro. Hola -acertó a decir él. Y consiguió cerrar la boca y tragar saliva, un gesto heroico en aquellas circunstancias.
Ella rio al darse cuenta de su apuro, y aquella risa se quedó enredada en las neuronas del muchacho para siempre. Ya no existió nadie más para él en el mundo. Desde ese momento, ella fue el centro sobre el que todo giraba.
Así lo recordaba él, sesenta y cuatro años después, mientras acariciaba la mano de su amada, sentados en el porche y con la mirada perdida en aquel verano.