Sobre la hierba
Estirado sobre la hierba, Fernando contempla el titilar de las estrellas. Tiene una pierna flexionada y la otra estirada, los brazos cruzados detrás de la cabeza y una brizna de hierba jugueteando entre los labios. Una melodía le rebota suavemente en la memoria. El chirrido de un grillo cercano lo acompaña. Una brisa ligera arrastra olores de bosque.
Qué placidez.
Así se encuentra aquella noche de sábado: rodeado por el mundo entero y, a la vez, lejos de todo. Tiene el cielo a su alcance y todo el tiempo del mundo entre las manos.
Atrás han quedado los problemas de la semana, las conversaciones repetidas, los pequeños cansancios de una vida estable como la suya. Allí no llega ningún sonido que no parezca natural. Nadie sabe dónde está y solo de él depende volver a su vida de siempre.
Sobre sus ojos, una multitud de estrellas centellea en la noche de verano. En su pensamiento, nada. Ha conseguido vaciarse por dentro y dejar que su mente se limite a recibir aquello que le causa placer.
Alarga un brazo para coger la botella de agua que lleva en la mochila y se incorpora un poco para beber. El líquido le calma la sed y completa su bienestar. Deja la botella a un lado y recupera su postura. No necesita nada más.
Comprueba que la luna, menguante, se ha movido apenas entre las estrellas, avanzando con sigilo. Piensa en seguirla con un dedo, pero le parece un desperdicio de energía. Se limita a sonreír. Quizá sea la brisa la que mueve el cielo.
Se abandona a los sonidos que lo rodean y entrecierra los ojos. El rumor de las hojas, los álamos siguiendo el curso del arroyo y el sonido amortiguado del agua le traen recuerdos dulces de infancia. Un trueno lejano, perdido en las montañas, da profundidad a la oscuridad. A su alrededor, entre los matorrales, pequeñas vidas invisibles continúan su tarea.
La realidad y el sueño se mezclan. Su respiración se vuelve más lenta. Poco a poco, se adormece entre imágenes sueltas y recuerdos sin orden.
La luna sigue su camino, indiferente. Las estrellas permanecen en su sitio desde una distancia imposible. El universo entero continúa funcionando mientras Fernando descansa.
Nada perturba su sueño.
Solo una molestia pequeña, como un pinchazo en el pecho, le hace cambiar de postura. No llega a despertarse. Su cuerpo intenta corregir algo que ya no sabe corregir. El corazón pierde el ritmo, tropieza dentro de sí mismo y deja de latir con orden. La sangre deja de circular. En pocos segundos, la conciencia se apaga.
Fernando no siente miedo.
No sabe que está muriendo.
La noche continúa a su alrededor con la misma calma.
La mañana se anuncia por el oriente y derrama sus primeros apuntes de luz sobre la naturaleza. Poco a poco, la claridad dibuja las siluetas de las montañas y las aves empiezan a piar. La brisa ligera del amanecer mece las hojas de los olmos y el riachuelo sigue su curso montaña abajo.
Nada ha cambiado de forma perceptible en el paisaje.
Solo una nube incipiente de insectos altera la quietud alrededor de Fernando. Hace unas horas era un hombre estirado sobre la hierba, satisfecho de su pequeño retiro. Ahora es una presencia inmóvil entre otras presencias, una forma más dentro de la paciencia del mundo.
La tarde sigue a la mañana y después llega de nuevo la noche. A ese día le sigue otro, y después vendrán muchos más.
Fernando ha dejado de saber que existe. El mundo, paciente, ha empezado a recuperar lo que siempre fue suyo.