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Sombras de la razón

Relat · Castellà · Text original de Joan Martínez
Un home soste una fotografia mentre una presencia estimada sembla tornar amb l'aroma del cafe.

La luz anaranjada del atardecer iluminaba tenuemente la estancia a través de las cortinas semiabiertas. Santi recorrió con la mirada el salón, donde ahora se agolpaban los recuerdos. Sentado en el sofá, sostenía entre las manos la fotografía que llevaba horas contemplando. La había sacado del marco de plata de su habitación y ahora estaba algo arrugada.

En la imagen, Andrea miraba feliz a la cámara mientras él la besaba en el cuello. Era el retrato de una pareja rebosante de vida, de esa felicidad que parece imposible de romper cuando todavía existe.

Se levantó con un gesto de cansancio y fue hacia el dormitorio. Se sentó en el borde de la cama. Sus dedos temblorosos acariciaron el rostro de la mujer de la fotografía y las lágrimas se deslizaron por su mejilla mientras se recostaba, todavía con la imagen entre las manos.

Poco a poco, la noche entró por la ventana y lo abrazó. Su respiración se fue haciendo más profunda hasta caer en un sueño pesado. Habían sido demasiadas emociones en los últimos dos días y su cuerpo necesitaba descansar, aunque su espíritu no supiera cómo recomponerse.

Un ruido metálico lo despertó bruscamente. El choque de unos platos en la cocina.

Abrió los ojos, todavía confuso. La luz de la mañana entraba en la habitación, filtrada por las cortinas. Se dio cuenta de que se había quedado dormido sin desvestirse siquiera. Tardó unos segundos en salir del sopor. Miró el reloj: eran las nueve de la mañana.

Los ruidos continuaban en la cocina. Luego llegó hasta él, con absoluta claridad, el aroma de café recién hecho.

Frunció el ceño.

Él no había usado platos desde...

Se incorporó despacio. Entonces oyó que alguien tarareaba en voz baja una canción muy especial. Esa canción. La de Andrea.

El dolor volvió de golpe, mezclado con una extraña punzada de miedo.

Se levantó y caminó hacia la cocina.

-¿Quién está ahí? -preguntó con voz grave.

Llegó al umbral antes de terminar la frase y la pregunta se le quedó helada en la garganta. La sangre huyó de sus venas y una sensación de irrealidad lo invadió.

Ante él, radiante como siempre, estaba Andrea.

Su Andrea.

Llevaba el delantal verde y el pelo recogido en un moño descuidado. Sus ojos brillaban llenos de vida, como en la fotografía. Como antes del accidente. Andrea, la esposa increíble, la amiga perfecta, la compañera ideal. Andrea, la mujer que había muerto dos días atrás. Andrea, la mujer que había sido incinerada la tarde anterior.

Aterrado, Santi dio un paso atrás y chocó contra el marco de la puerta. El dolor agudo en el hombro le arrancó una exclamación. Se llevó la mano a la zona golpeada.

Aquello había sido real.

No podía estar soñando.

Pero nada encajaba.

Andrea se giró y avanzó hacia él, preocupada.

-¿Estás bien, cariño?

Su voz dulce resonó dentro de la cabeza de Santi. Él siguió retrocediendo hacia el salón, con una mano levantada, como si pudiera detener aquella aparición. Intentaba hablar, pero no encontraba las palabras. Aquellos ojos que lo miraban con preocupación y ternura eran los ojos de Andrea. No había duda.

Pero ella estaba muerta.

Lo sabía. Había visto su cuerpo en el depósito de cadáveres. Recordaba las heridas terribles, la frialdad de la piel, el silencio definitivo de su rostro. Recordaba el accidente brutal de coche. Recordaba la urna con sus cenizas, colocada sobre la mesa del salón.

Y, sin embargo, Andrea seguía acercándose.

-Santi, ¿qué te pasa? Estoy aquí... Estoy contigo.

Él sabía que aquel momento no podía ser real. Con la voz quebrada por el terror, gritó e intentó apartarse de ella. Tropezó con la alfombra y cayó al suelo.

Andrea llegó corriendo junto a él, con los ojos empañados.

-Santi, soy yo. Por favor, mírame.

Lo último que oyó fue su nombre en labios de ella.

Después todo se volvió negro.

Y dejó de ser.

La policía señaló en su informe que, tras el aviso de varios vecinos que decían haber oído ruidos y gritos, una patrulla se personó en el domicilio y encontró el cadáver de un varón en el suelo del salón. No había señales de violencia. Según el forense, el hombre había fallecido por paro cardíaco.

No constaba la presencia de ninguna otra persona en la vivienda.

En la cocina había restos de comida de varios días y platos sucios. Sobre la mesa del salón encontraron una urna funeraria, de las que se utilizan para depositar cenizas humanas, completamente vacía. En el suelo del dormitorio había un marco de plata y una fotografía arrugada.

La fotografía mostraba al fallecido en una playa desierta, solo, sonriendo a cámara.

Text original de Joan Martínez Tornar als textos

© 2026 Juan Martínez Díaz (JRLP). Relats originals de l'autor, revisats i corregits amb suport d'IA.
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